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Así es vivir sin smartphone: tengo un móvil ‘tonto’ y me niego a cambiarlo

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Probablemente, entre familiares, amigos y conocidos, conozcas a alguien que aún utilice los móviles más básicos del mercado, esos a los que la gente se refiere como móviles ‘tontos’.

Según los datos de un estudio de Canalys, los envíos globales de este tipo de dispositivos crecieron un 18% durante 2022, una cifra que, como mínimo, puede resultar sorprendente.

Pero hay más: el 40% de los jóvenes de la generación Z están dispuestos a cambiar su smartphone por un móvil ‘tonto’, según otra encuesta realizada por Deloitte.

¿Los motivos? Nostalgia, desintoxicación digital y preocupaciones crecientes sobre la privacidad en dichos móviles.

Así, los móviles retro podrían ser una vía de escape a la digitalización absoluta de la vida de los más jóvenes, aunque en este sentido los más aventajados son la generación del baby boom, muchos de los cuales nunca llegaron a dar el salto al smartphone.

El caso de mi padre, Antonio Andreu Lozano (1961), que nunca pasó de su queridísimo Nokia casi indestructible, dando fe de que un móvil puede durar muchos más años de los que el fabricante dicte en sus actualizaciones de seguridad.

Los más jóvenes —entre los que me encuentro— siempre buscan un móvil que cuente con protección contra el polvo, salpicaduras o arañazos; los móviles ‘tontos’, no obstante, tienen como valor principal su durabilidad, como los de Nokia —HMD Global—.

Mi padre, en su día a día, acude a su puesto de trabajo lejos de la oficina, entre andamios y ruidos mecánicos de obras, así que necesita un móvil fuerte y extremadamente resistente: su Nokia es un vivo ejemplo de que aún existen estos terminales.

Ni el polvo ni las caídas son los enemigos de este pequeño móvil que no solo reside en la nostalgia de una generación por los tiempos pasados, sino en una concepción ideológica sobre la tecnología.

Una apreciación sobre la que todo joven, sin duda alguna, debería reflexionar.

Los que se perdieron el golazo de Iniesta

Uno de los primeros acercamientos de mi padre a los móviles ‘tontos’ fue gracias al primer terminal que tuvo mi madre, Yolanda, un ‘ladrillo’ de Motorola del que no recuerdan el modelo exacto, pero sí la fecha: corría el año 1996, cuando nació un servidor.

Según los modelos de Motorola que se comercializaban esos años, bien pudo ser el Motorola D160, que competía en aquella época con el Nokia 9000 Comunicator, dos ejemplos claros de lo que se llegó a llamar ‘ladrillo’, como recuerdan mis padres.

«Aquel móvil era cómodo, pero no era necesario porque ya existían los fijos», destaca mi padre. «La gran diferencia era que ya no tenías que ir a la cabina a llamar, que lo podías hacer desde casa».

No obstante, su primer móvil personal llegó en 2005, precisamente de la necesidad de mantener comunicación con diferentes clientes al comenzar a trabajar por cuenta propia. «Me hacía falta por el trabajo», destaca.

Con el paso del tiempo, según explica, el móvil se ha hecho más inteligente, pero también más adictivo, con infinidad de aplicaciones y herramientas, a las que se suman las redes sociales y los «cotilleos», por supuesto.

Ahora, es habitual encontrar grupos de personas en una comida que ni siquiera levantan la mirada de su móvil inteligente, una norma de educación muy básica que no parece estar a la orden del día en muchos casos.

En cualquier entorno, ya sea el laboral o el familiar, el móvil ha copado las mesas y las conversaciones que, antes, solían durar horas y horas. «Es un entretenimiento para perder una conversación durante las comidas», señala.

Él, como gran apasionado del fútbol que es, aún se lleva las manos a la cabeza cuando recuerda lo que vio durante la final de la Copa Mundial de Fútbol de 2010, cuando España derrotó a Holanda gracias a un gol inesperado de Andrés Iniesta.

«Había una mesa con jóvenes, no con gente de mi edad, y estaban viendo el Mundial cada uno con su móvil ‘dale que te pego’, así que no había conversación. Miraban de vez en cuando la televisión con el móvil. Eso no es ver un partido de fútbol», lamenta.

Ahora bien, que nadie se equivoque, no está en contra de la tecnología, sino de los diferentes usos que se le están dando. «No estoy en contra de la tecnología. Pienso que el móvil es necesario, pero que tiene un porcentaje de necesario que es justo para lo que es el trabajo o el tema de viajes, que te ayuda», explica. «Pero es innecesario cuando estás mirando el cotilleo de los demás, viendo tonterías…»

Para él, existe un «vicio» que se está fomentando, que es directamente internet, y relaciona varios de sus usos con el funcionamiento de las casas de apuestas —y de su proliferación—. «En internet te pueden vender un frigorífico en el Polo Norte, y te lo venden porque crees que es necesario», apunta.

Algo parecido ocurre con los sitios webs de contactos, que pueden suponer la ruina —no solo económica— para un matrimonio.

Así, él narra la historia de una pareja en la cual la esposa se gastó más de 3.000 euros en una página de este tipo; el marido, al cabo del tiempo, se enteró de aquella infidelidad y rompió inmediatamente. Algo que, por cierto, también ocurre con la ludopatía en el seno de un matrimonio.

Lejos de los vicios, mi padre aún recuerda una época en la que se iba al bar a quedar con el grupo de amigos para otro día y, por sorpresa, nadie faltaba ni llegaba tarde. Sin móviles, claro. Por ello, él rememora aquellos tiempos como «mucho más sanos».

«Cuando iba a Toledo a la universidad, yo iba charlando con el que estuviera al lado todo el camino. Ahora, o miras internet en el móvil o vas con los auriculares», lamenta.

Sin embargo, él —que usa el teletexto para información de última hora— cree que no solo los vicios o los problemas derivados de reuniones sociales con móviles inteligentes son el problema, sino que existe uno aún mayor: la desinformación y los bulos en Internet.

El bulo en redes sociales que provocó el escrache a un alcalde

En el ámbito de las teorías sobre la comunicación, existe una conocida como el mecanismo de la espiral de silencio, planteada por la politóloga alemana Elisabeth Noelle-Neumann, y que reflexiona sobre el poder de la opinión pública.

Según esta, la sociedad configura una opinión mayoritaria —generalmente expresada en la televisión, el medio estrella del siglo XX— de la que es difícil escapar por el ambiente social. Ejemplo de ello son las encuestas electorales, que pueden afectar al sentir general.

Muchas personas, debido a la propia idiosincrasia de la mente humana, temen quedarse fuera de esa opinión pública mayoritaria por expresar una discordante; esta es precisamente la espiral del silencio, que se hace cada más grande con Internet.

No son pocos los bulos que se vierten en las redes sociales, mediante imágenes retocadas de forma leonina o con afirmaciones que, poco o nada, se corresponden con lo que en realidad ha sucedido.

Mi padre, como él mismo reflexiona, cree que está fuera de esa espiral, al menos parcialmente, por no formar parte de ese conglomerado de opinión en Internet —ni siquiera podrá acceder desde su móvil a este artículo—.

Y lo ejemplifica con un caso que, por fortuna, no llegó a mayores, según informó entonces La Tribuna de Toledo.

Durante una calurosa noche de junio de 2022 en La Puebla de Montalbán, en Toledo (España), aproximadamente un centenar de personas acudieron a rodear la casa del alcalde socialista de aquel entonces, Ismael Pinel, a quien acusaban de haber cancelado los festejos taurinos de la localidad.

Pinel, que se encontraba en casa junto a su familia, tuvo que escuchar aquella noche gritos de «queremos que nos devuelvas las fiestas» o «nos van a quitar los encierros», en referencia a las Fiestas del Cristo de la Caridad —ya programadas para el mes siguiente—.

Tras la denuncia pertinente en las dependencias de la Guardia Civil por parte del Ayuntamiento, se descubrió el origen de aquel escrache: un bulo extendido en una red social por 2 hosteleros de la localidad en el que muchas personas —con móviles inteligentes— cayeron.

«En los pueblos pequeños, por ejemplo, ‘fulanito’ dice que el del otro partido político ha hecho esto, cosa que le pasó al alcalde de La Puebla, y le querían fusilar», recuerda. «Corrió por Internet que no había fiestas, cuando sí las había, y fueron hasta a su casa».

«La información que ves ya no sabes si te la puedes creer o no», reflexiona mi padre, quien se informa mediante la radio o la televisión. «Alguien escribe una noticia falsa, se corre la voz y cuando llegan agencias de verificación a ver si es falso, la noticia ya está por todos sitios».

Con ello, él piensa que el móvil es mucho peor que la televisión, en ese sentido, y que hacen falta ciertas limitaciones, impidiendo el acceso a mucha «basura», como las redes sociales o las amenazas a través de Internet. «O que cualquier tonto pueda hacer una bomba con un móvil», añade.

Aunque pueda parecer un ejemplo muy concreto, muchas personas han decidido optar por una vida con terminales básicos, más que para lo necesario, como el trabajo y la familia. Y parece ser que, incluso la relación con los móviles ‘tontos’, acabará afectada por el paso del tiempo.

«El día que me jubile, el móvil irá a tomar por saco. No quiero saber nada más del móvil», concluye mi padre.

Abraham Andreu

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Jose Manuel Fuentes Prieto

Profesional de la Comunicación que, ademas de diferentes trabajos para sus clientes edita webs de Teletrabajo, Emprendedores y Calidad de Vida
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